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Atole* Vía a Mario Santiago y Orlando Guillén los poetas perdidos de México tomando atole con el dedo En los murales de una nueva universidad llamada infierno o algo que podía ser una especie de infierno pedagógico Pero os aseguro que la música de fondo era una huasteca veracruzana o tamaulipeca no soy capaz de precisarlo Amigos míos era el día en que se estrenaba <<Los Poetas Perdidos de México>> así que ya se lo pueden imaginar Y Mario y Orlando reían pero como en cámara lenta como si en el mural en el que vivían no existiera la prisa o la velocidad No sé si me explico como si sus risas se desplegaran minuciosamente sobre un horizonte infinito Esos cielos pintados por el Dr. Atl, ¿los recuerdas? sí, los recuerdo, y también recuerdo las risas de mis amigos Cuando aún no vivían dentro del mural laberíntico apareciendo y desapareciendo como la poesía verdadera esa que ahora visitan los turistas Borrachos y drogados como escritos con sangre ahora desaparecen por el esplendor geométrico que es el México que les pertenece El México de las soledades y los recuerdos el del metro nocturno y los cafés chinos el del amanecer el del atole El burro* A veces sueño que Mario Santiago Viene a buscarme con su moto negra. Y dejamos atrás la ciudad y a medida Que las luces van desapareciendo Mario Santiago me dice que se trata De una moto robada, la última moto Robada para viajar por las pobres tierras Del norte, en dirección a Texas, Persiguiendo un sueño innombrable, Inclasificable, el sueño de nuestra juventud, Es decir el sueño más valiente de todos Nuestros sueños. Y de tal manera Cómo negarme a montar la veloz moto negra Del norte y salir rajados por aquéllos caminos Que antaño recorrieran los santos de México, Los poetas mendicantes de México, Las sanguijuelas taciturnas de Tepito O la colonia Guerrero, todos en la misma senda, Donde se confunden y mezclan los tiempos: Verbales y físicos, el ayer y la afasia. Y a veces sueño que Mario Santiago Viene a buscarme, o es un poeta sin rostro, Una cabeza sin ojos, ni boca, ni nariz, Sólo piel y voluntad, y yo sin preguntar nada Me subo a la moto y partimos Por los caminos del norte, la cabeza y yo, Extraños tripulantes embarcados en una ruta Miserable, caminos borrados por el polvo y la lluvia, Tierra de moscas y lagartijas, matorrales resecos Y ventiscas de arena, el único teatro concebible Para nuestra poesía Y a veces sueño que el camino Que nuestra moto o nuestro anhelo recorre No empieza en mi sueño sino en el sueño De otros: los inocentes, los bienaventurados, Los mansos, los que para nuestra desgracia Ya no están aquí. Y así Mario Santiago y yo Salimos de la ciudad de México que es la prolongación De tantos sueños, la materialización de tantas Pesadillas, y remontamos los estados Siempre hacia el norte, siempre por el camino De los coyotes, y nuestra moto entonces Es del color de la noche. Nuestra moto Es un burro negro que viaja sin prisa Por las tierras de la Curiosidad. Un burro negro Que se desplaza por la humanidad y la geometría De estos pobres paisajes desolados. Y la risa de Mario o de la cabeza Saluda a los fantasmas de nuestra juventud, El sueño innombrable e inútil De la valentía. Y a veces creo ver una moto negra Como un burro alejándose por los caminos De tierra de Zacatecas y Coahuila, en los límites Del sueño, y sin alcanzar a comprender Su sentido, su significado último, Comprendo no obstante su música: Una alegre canción de despedida. Y acaso son los gestos de valor los que Nos dicen adiós, sin resentimiento ni amargura, En paz con su gratuidad absoluta y con nosotros mismos. Son los pequeños desafíos inútiles -o que Los años y la costumbre consintieron Que creyéramos inútiles- los que nos saludan, Los que nos hacen señales enigmáticas con las manos, En medio de la noche, a un lado de la carretera, Como nuestros hijos queridos y abandonados, Criados solos en estos desiertos calcáreos, Como el resplandor que un día nos atravesó Y que habíamos olvidado. Y a veces sueño que Mario llega Con su moto negra en medio de la pesadilla Y partimos rumbo al norte, Rumbo a los pueblos fantasmas donde moran Las lagartijas y las moscas. Y mientras el sueño me transporta De un continente a otro A través de una ducha de estrellas frías e indoloras, Veo la moto negra, como un burro de otro planeta, Partir en dos las tierras de Coahuila. Un burro de otro planeta Que es el anhelo desbocado de nuestra ignorancia, Pero que también es nuestra esperanza Y nuestro valor. Un valor innombrable e inútil, bien cierto, Pero reencontrado en los márgenes Del sueño más remoto, En las particiones del sueño final, En la senda confusa y magnética De los burros y de los poetas. -------------------------------------------------------------------- *Incluídos en Los Perros Románticos. Poemas 1980-1998. Editorial Lumen, S.A. Barcelona, España, 2000. |